Aunque suelen confundirse como sinónimos, continuidad y continuismo son dos términos que, en política, tienen enfoques muy distintos y que conviene tenerlos claros, a propósito de los próximos ventarrones electorales.
Para ello basta recordar la forma tan poco racional -y bastante absurda- con la que todo nuevo gobierno municipal inicia su gestión; aplicando la ley del “borrón y cuenta nueva”, donde poco o nada del anterior gobierno es reconocido, valorado y mucho menos, continuado. Pareciera que cada gobierno municipal pretendiera resolver toda la problemática urbana en cuestión de meses y, peor aún, haciendo tabla rasa de todo lo anteriormente avanzado ó propuesto, argumentando una absurda necesidad de diferenciarse de sus antecesores, confundiendo continuidad y continuismo.
La continuidad, como política de gestión urbana, es la base fundamental del progreso sostenido. Las ciudades, y su desarrollo, implican procesos de constante maduración dentro de medianos y largos plazos -sin que esto descarte intervenciones de corto plazo-, y que demandan de tiempos igualmente prolongados. Lo grave es pretender iniciar y culminar todo dentro del corto periodo de una sola gestión municipal. Un plan de desarrollo que mire más allá de sus narices requiere de continuidad en las políticas estructurantes y de tiempo para garantizar la culminación de las obras, especialmente las de gran envergadura.
El continuismo, por otro lado, está más bien referido a la perpetuación del poder y a todo lo que el sempiternismo acarrea: abuso del poder, corrupción y taras similares. Frente al continuismo, la alternancia surge como acto neutralizador, por lo que la continuidad no depende, y no debiera depender, de ningún tipo de continuismo. Claro está que hay excepciones a la regla, pero en todo caso, la diferencia entre ambos caminos no debe de confundirse ni voluntaria ni involuntariamente. |